EL MATRIMONIO, UN PATRIMONIO MUNDIAL
- Mossèn Oriol

- 9 feb
- 2 Min. de lectura

«El amor no pasa nunca»
(1 Corintios 13,8)
Cuando hablamos de patrimonio mundial solemos pensar en monumentos, paisajes u obras de arte que es necesario proteger porque expresan lo mejor de la humanidad. Pero ¿y si nos preguntáramos si el matrimonio también forma parte de ese patrimonio que merece ser custodiado?
Con este escrito quiero poner en valor la realidad del matrimonio. Que un hombre y una mujer se comprometan para toda la vida es un tesoro enorme y hacen un bien incalculable a la sociedad.
El matrimonio es una alianza libre y fiel entre un hombre y una mujer, y es una realidad presente en todas las culturas y épocas. Antes de ser una institución religiosa o civil, es una experiencia profundamente humana: el deseo de amar y ser amado, de compartir la vida, de construir un “nosotros” que abra camino a la vida y a la esperanza. En este sentido, el matrimonio no es solo una opción privada, sino un bien para toda la sociedad.
Desde la fe cristiana, el matrimonio adquiere todavía una dimensión más profunda. Es signo del amor fiel de Dios por su pueblo, un amor que no se cansa, que perdona y que da vida. Los esposos, con sus luces y sombras, se convierten en testimonio de que el amor verdadero es posible, incluso en medio de las dificultades. En un mundo marcado a menudo por la provisionalidad y el miedo al compromiso, esta fidelidad es una auténtica buena noticia.
Hablar del matrimonio como patrimonio mundial no significa idealizarlo ni ignorar las crisis que muchas parejas viven. Significa reconocer su valor, acompañarlo con respeto y ofrecer un apoyo real a las familias. Significa también educar en el amor, en el diálogo y en el compromiso, desde pequeños.
Quizá hoy, más que nunca, el matrimonio necesita ser protegido por comunidades que lo acojan, lo acompañen y lo formen. Si es un patrimonio, lo es porque genera vida, cohesión y futuro. Y eso, sin duda, es un tesoro para toda la humanidad.




Comentarios